Susurros en la Milpa
I Siete Días
–¡Cómo crees que voy a hacer eso, carnal! Si yo nada más quería sacarte una lana, ahí la dejamos– dijo esa voz aguardientosa, ya para ese momento incómoda por la propuesta que le hice vía telefónica.
–Seguro que conoces a alguien que lo haga, cabrón, no nos hagamos pendejos. Mira, te propongo que encuentres a alguien, ya tienes mi número, luego vemos de a cómo nos toca.
¿Cómo ves?– yo estaba convencido de que aceptaría.
–No, de verdad, amiguito, ya deja de invocar al diablo por que se te va a aparecer– colgó ya
todo intimidado.
Minutos antes yo estaba echado en mi sillón disfrutando del viernes como desde más de un
año habían pasado los viernes para mí: sin más compromisos sociales puesto que mis
amistades tomaron sus propios caminos y quedar para vernos, compartir anécdotas y
opiniones se complicaba más; tampoco amorosos, llevaba años sin tener compañía alguna
para disfrutar de su voz, sus pensamientos y en ocasiones saborear de su cuerpo. Estoy
convencido de que algo en mí se encontraba apagado.
Veía esta película de la niña del aro que maldice a quien mira su video tape y le dice vía
telefónica que se va a morir en siete días. Pensé que tal vez esa espectro era muy compasiva
porque cualquier ser lleno de maldad en su corazón no le daría tanto tiempo a alguien como
para poner su vida en orden e irse pacíficamente de este mundo quién sabe a dónde. A pesar
de que parecía una maldición, realmente se trataba de un fantasma que sufría. Cuando
comenzaron los créditos de la película; sonó el teléfono de la sala. Sentí la muerte caminar por mi piel, esperando que cualquier espectro que se comunicara conmigo fuera igual de
compasivo como el que acababa de ver.
Al descolgar la bocina, se escuchó la desgarradora voz de un muchacho que se quejaba de la detención arbitraria de unos policías sobre una avenida muy concurrida de la ciudad. Cosa que no estaba tan alejada de la realidad debido a que los abusos de autoridad contra los jóvenes iban a la alza y no había promesas de una alternativa pacífica que garantizara a todos vivir armoniosamente. Todo parecía una historia factible hasta que comenzó a llamarme “papá”, por lo que caí en cuenta que en realidad se trataba de una llamada de extorsión, tampoco me extrañó porque aquí la paz ya sólo era una palabra mezclada con el humo y el olor a caño de una de las urbes más grandes del mundo.
Iba a burlarme de él y su ineficaz estrategia para sacarle dinero al prójimo, tal vez mentarle la
madre o algo pero me vino un plan. En su lugar, recordé que tenía tiempo pensando en una
idea que se me había incrustado por semanas: quería que alguien se encargara de quitarle la
vida a uno de mis familiares para poder quedarme con las tierras que había dejado mi abuelo
José Francisco (aclaro: no soy una persona de matar, pero me perseguía cierta sed de
quedarme con todo). Su sorpresa fue tal que creo que pensó que ahora yo lo engañaba, por lo
que me colgó el teléfono hecho un perro rabioso –¡te voy a encontrar cuando salga, cabrón, ya
verás!– pero regresó la llamada a los siete días.
lI Niveles de organización en animales
Todo estaba lleno de pirules, tan altos que al alzar la vista se podía apreciar al sol jugueteando
entre las hojas formando chispazos de luz que salpican la tierra. Y agua clara, agua que se
podía tomar directo del arroyo: fresca, con ese sabor a petricor que te llena de vitalidad desde
el primer sorbo. Era una tierra amable, crecía de todo: girasoles, maíz, nopales, flores de
bugambilias, jacarandas y unas muy azules que no recuerdo su nombre. En el paisaje de
cerros y lagos de Santa Lucía habían tlacuaches, cenzontles, teporingos, ranitas y serpientes y
en temporada de lluvias salían pequeños cangrejos del suelo inundado. Un lugar al que le
caben perfectamente las palabras: naturaleza desbordada.
Corría el tequila con café una noche de invierno, era el tercer deceso entre las familias de
ejidatarios que habían llegado a aquel paraje. Federico, el hijo de Francisco de los Robles,
había sido salvajemente decapitado por una criatura que apenas se había dejado ver porque
contaban, se desvanecía rápidamente en la noche. Imposible seguirle para cazarlo o predecir
en dónde volvería atacar, se volvió un cuento de terror en aquella comunidad de mediados de
siglo XX. La tierra dada por decreto era apenas un susurro entre las milpas que el frío helaba.
Pero José Francisco de los Ayala no tenía intenciones de irse a ningún otro lado, no anduvo en
la bola de joven ni de bracero en la guerra como para dejarse intimidar por cualquier bestia.
–Nosotros nos quedamos aquí, mujer, aunque yo me muera tú te quedas con la tierra y si tú te
mueres me quedo también. ¡Qué jijos nos van a sacar!– agarró su machete y se fue a su
pedazo de tierra. Mató a dos gallinas y las dejó de carnada en una de las esquinas de la
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parcela, una noche tras otra hasta que el animal creyera que la comida era segura ahí. Así
pasaron veinte jornadas.
No había luna esa noche, pero había una bruma tan blanca y espesa que parecía tener luz
propia. De ahí salió un cuerpo de más de dos metros de altura, con patas de felino abajo,
garras largas y afiladas arriba, apenas un roce con alguna de ellas sería suficiente para abrir el
cuello de cualquier cristiano que se le atravesara. La piel pegada a la carne le hacían una figura
majestuosa y el rostro de murciélago y dos máscaras de madera a los lados que asemejaban
los rostros de los campesinos muertos. Era probablemente alguna especie de rey silvestre
porque parecía que los animales aullaban, trinaban o chillaban como haciéndole una
reverencia.
Se acercó a las gallinas tendidas en una cama de hojas de maíz, cuando se disponía a
comerlas, cayó a una fosa que José Francisco había estado cavando en la luz del día. A casi
cinco metros de profundidad, donde las venas de agua se cruzan y hacen del fondo un lodo
espeso, el rey murciélago chillaba desesperado por salir. Pero el antes revolucionario, luego
bracero y ahora ejidatario, cargó con dos baúles llenos de trastos finos, oro macizo y en
monedas, cartas y yerbas medicinales hacia aquella esquina y viendo hacia abajo, gritó –¡esta
es mi casa!– dejando caer las cargas hacia abajo y cubrió el agujero.
III Aocmo qualli eztli
– ¿Dónde lo pongo, papi? – me preguntó con esa voz ronca como si hubiera sido la primera
vez que hablamos por teléfono. Lo primero que me dijo cuando regresó la llamada fue que le
dijera “mañas”, no pregunté más. Le dije que sabía que en algún lugar de las tierras que tenía
mi abuelo, había escondido un tesoro. Pero para quitarnos cualquier complicación, había que
terminar con la familia que había heredado, específicamente mi tío José Raymundo, el hijo
mayor de José Francisco. Sabía que no era un cuento que me había contado para no meterme
en la alfalfa a correr de niño, lo sabía, lo escuché tantas veces de su boca, pasé por esa
esquina del terreno hasta el cansancio, hasta la muerte de mi abuelo José, que creí que era
real. Tampoco era personal, simplemente quería todo lo que había bajo el suelo. Al mañas le
prometí la mitad del terreno.
Él tampoco quiso saber más del drama familiar, preguntó por la dirección para localizar a José
Raymundo y no volví a saber de él hasta dos semanas después. Antes apareció una noticia de
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un motín en el penal del norte en el que se encontraba, claro está que fue el único ganador de
esa trifulca. No vi a mi alrededor más que el cuerpo presente de José frente a mí, atado, con
los brazos quemados por cigarros y tablazos en las piernas, en esa esquina de un pedazo de
tierra convertida en polvo.
El plan era sacar los arcones y enterrar a José Raymundo en su lugar, nadie se enteraría de su
paradero. Era un buen plan pero la helada que cayó en la noche venía acompañada de lluvia.
El mañas ya había llegado a los dos metros de profundidad cuando un olor fétido comenzó a
poblar el ambiente, como si cada pala de tierra fuera un pedazo de carne putrefacta, seguir
cavando se hacía más difícil aun cuando el agua ablandaba la tierra. Pero ver aquellas piezas
de oro nos motivaba, sobre todo por que nunca lo habíamos visto. Ya nos saboreábamos la
fortuna.
Cuando pegamos en una madera, nos botó el corazón emocionado. El mañas removió sólo una
tabla, lo que seguía era aún más lodo nauseabundo. Comencé a temer cuando azotó la pala al
piso, a ningún recluso se le promete algo que no se le va a cumplir; bueno, a ninguna persona,
pero sin sufrir consecuencia alguna. Sacó un cuchillo del tamaño de mi brazo – híjole, manito,
se me hace que te entierro en familia– seguíamos dentro de la fosa, las piernas para correr me
respondían nada porque el miedo y la lluvia me congelaban. Forcejeamos para salir, trató de
apuñalarme pero la gané la movida con un golpe seco en la cabeza con la pala que tenía, fue
tan fuerte que quedó inerte en el suelo.
Apenas llegué a la superficie, pensé en tomar a José Raymundo y salir corriendo del lugar,
pero el mañas me agarró al punto de enterrar su cuchillo en mi pierna. Se escuchó un crujir de
la misma tierra y salió una mano con unas garras tan afiladas de podían cortar el acero; apretó
tan fuerte al mañas por la pierna derecha que se la cercenó. Lentamente emergió una bestia
blanca, de más de dos metros de altura, la piel pegada a su carne parecía tan gruesa como si
se la hubiera quitado a un rinoceronte, sus patas eran de garras de algún reptil y el abdomen lo
tenía marcado con una cicatriz de algún arma de caza antigua. En su rostro no había luz
alguna, lo que debían ser sus ojos sólo eran cuencas vacías y al abrir el hocico de murciélago
para chillar se veían trozos de raíces que lo habían atravesado. Tomó al mañas del torso hasta
asfixiarlo y dislocó sus mandíbulas como las serpientes cuando tragan enteras a sus presas, lo
que fue un peligroso ladrón era apenas un roedor, un bocado para una criatura ancestral que
llevaba años sepultada.
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Volteó súbitamente hacia donde estábamos José Raymundo y yo, nos olfateaba la mezcla de
temor con repulsión que nos causaba, pero era increíble. El tío apenas despertaba del tormento
que le habían dado, pero seguramente debió haber deseado seguir dormido porque
inmediatamente se le acercó y lo despedazó por la mitad de un zarpazo, el baño de sangre
apenas sirvió para alimentar una tierra maltratada por años. El espanto me hizo tropezar y
cuando alcé la vista me quedaron esos espacios vacíos de su rostro de frente, respiró
profundamente para bufar lo único que escuchó del último humano con el que cruzó camino:
–¡MI-CA-SA!
Lo único que se me ocurrió fue alzar las manos en señal de tregua, no sé si me veía, podía
olerme o sentirme pero de alguna me entendió. Me arrastré lentamente hacia él en forma de
agradecimiento, luego me dirigí hacia la fosa que recién cavamos para sepultarme. Me eché
tierra encima hasta que el peso terminó por sacar todo el aire de mis pulmones. Alcancé a verlo
desaparecer en la lluvia. Todo fue lento, voluntario, mi vida tomó sentido, algo regresó en mi
interior como relámpago al ver esa criatura emerger: era un aprecio por los seres naturales,
más real que cualquier cosa, animal, espectral, boreal, sideral, como si el polvo estelar que me
conforma respondiera al llamado de la tierra. Y aquí sigo, esperando que alguien me recuerde,
no pido mucho, pero ojalá sepan dónde buscar. Todo vuelve de a poco a su vitalidad, se
desbordan los verdes, el agua es transparente, refrescante y a veces salen los cangrejos a
tomar aire. De alguna forma, estuvo bien liberar a ese rey de la naturaleza, ojalá me recuerde,
quiero que sepa que estoy agradecido con él. Espero que algún día regrese.


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